Hay un señor llamado -inmerecidamente- Juan Carlos, como tantos otros -el hoy en día cuestionado rey Borbón incluido-; un nombre común y corriente; los que lo llevamos lo queremos mucho, por razones identitarias obvias. Este lamentable tocayo de tantos, Juan Carlos Monedero, quizá merezca un nombre más alto, más noble, más famoso, y no estos dos nombres tan prostituidos en el universo de la onomástica: por ejemplo, Platón sería un apelativo más apropiado. Por qué, preguntará alguno, se me ocurre ofrecerle este tan ventajoso cambio de nombre; y lo voy a explicar.Dice este filósofo del socialismo de siglo xxi que el consumismo no es un buen amigo del socialismo, y se explaya sorprendido de que en la naciente república socialista el deseo de la propiedad privada arraigue en los corazoncitos de estos ignorantes de la patria tricolor; afirma, como quien habla desde el empíreo, que esa actitud forma parte de una contradicción de este proceso que demuestra que hay mucho cuarta republicanismo sociológico. Este país se acostó adeco y se levanto chavista y eso es real en términos electorales, pero no tiene porque [sic] ser real en términos de conciencia.
Una sola pregunta tengo, lego de mí, al nuevo filósofo político de mi país, al nuevo Jefferson hispano: muy bien que no le guste la propiedad privada y las perversiones del capitalismo; pero, digo yo, ¿usted seguirá cotizando en la seguridad social española -esta patria capitalista que no lo entiende-, y -plus a su favor- estará recibiendo por su trabajo un asqueroso sueldo en dólares que se cuidará de mantener a buen recaudo en alguno de esos asquerosos bancos españoles como el Santander o el BBVA? Quizá planee pasar el resto de su vida en Venezuela, cambiando manos de cambures por flamantes lionzas de trueque y viviendo en el mar de la felicidad del siglo xxi. Dudo que guarde para sí tal honor.
Sospecho las respuestas. Las mismas que tiene Chomsky cuando habla del fideicomiso gringo en el que está metida su jubilación, que le asegura su vejez imperialista; las mismas de los revolucionarios del primer mundo que celebran las revoluciones en los paisitos estos llenos de cabezas subdesarrolladas (aunque forrados de petróleo), pero que sienten una amplia tranquilidad cuando saben que ellos y sus familias viven en los países desarrollados que aseguran salud, vejez, tranquilidad y verano a pesar de los botines, los laras, los koplowitz, los polancos, los ortegas y todos esos asquerosos ricos capitalistas que, paradoja hipócrita, no se crean, ayudan con sus triquiñuelas a que España prospere como lo hace.
Agradezca, señor Monedero (honor que le hace a su apellido, por cierto), que Rufino Blanco Fombona ya no vive, porque un bárbaro ilustrado como él ya le habría cruzado la cara de un guantazo y se hubiera visto en el brete de batirse a duelo con el autor de El hombre de hierro, que -le paso el dato- nunca perdió ninguno. Por mi parte, creo que la fineza elucubradora de sus neuronas rojas rojitas no merecen la recompensa de un final tan romántico.
Por eso, tan solo porque ha emulado en totalitarismo idealista y fascismo utópico al sabio ateniense de hace 2300 años; y porque el nivel de hipocresía y caradurismo es tan alto en este señor (para llamarlo de alguna manera), es por lo que merece este epíteto: Platón de Chávez, el meteco que se ofreció (por unas pocas monedas de oro -¿monedoro?-) a empedrar con su severo pensamiento el camino triunfal de Hugo Chávez hacia la dictadura más rica y feroz, más tramposa e hipócrita, más infeliz y nefasta del siglo xxi.
Gracias, en parte, a este hijo de la... madre patria.
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